¿Dónde te ves de acá a cinco años?
Es una pregunta conocida. Aparece en entrevistas laborales, en mentorías, en ejercicios de visualización, en vision boards llenos de certezas prestadas.
Durante mucho tiempo sentí que debía tener una respuesta. Una que sonara sólida, convincente, correcta. Quizás para encajar. Quizás para cumplir con alguna expectativa invisible. Quizás para parecer alguien que sabía exactamente quién quería ser.
Pero la verdad es que nunca la tuve.
Y con los años entendí algo más profundo: tampoco la quiero tener.
Mi vida nunca respondió bien a las líneas rectas. Cada capítulo se fue revelando más allá de lo que pudiera planificar. Las decisiones importantes no llegaron desde un mapa claro, sino desde la intuición, la curiosidad, o esa necesidad silenciosa de moverme cuando el alma empezaba a incomodarse.
Si miro hacia atrás, lo veo con claridad.
Empecé el secundario con orientación comercial, rodeada de números y balances. Cinco años después estudiaba Comunicación Visual, sin imaginar que no terminaría esa carrera ni que trabajaría en una ONG dedicada a integrar personas con discapacidad. Ese trabajo me llevó a otro ritmo, a otras preguntas. Y desde ahí, cinco años más tarde, Santa Fe —la ciudad donde me había formado— ya no me pertenecía. Embalé mis cosas y me mudé.
Me mudé sin saber que otros cinco años después, Rafaela sería el escenario donde nacería mi marca de indumentaria femenina. Y sin imaginar que, cinco años más tarde aún, estaría cerrando ese proyecto para abrir otro completamente distinto: vivir viajando. Primero por mi país. Después por el mundo.
Fui nómada en el sentido literal de la palabra durante tres años. Viví sin dirección fija, integrando trabajo y movimiento, sin saber desde dónde iba a grabar cada episodio de mi podcast. Algunas puertas se abrieron. Otras no. El rumbo cambió muchas veces, sin pedir permiso.
Hoy, después de una vida itinerante, habito una casa en las sierras. Un lugar que, aunque no lo diga demasiado en voz alta, empezó a echar raíces en mí. No sé si será para siempre. Hoy elegimos que así sea. Con la calma de saber que decidir no decidir tanto todavía, también es una decisión válida.
Mientras escribo estas palabras puedo decir que tampoco sé dónde voy a estar dentro de cinco años. Pero lo que sí sé es quién estoy siendo hoy, con mis elecciones, mis pausas y mis movimientos.
Durante mucho tiempo sentí incomodidad. Pensé que no elegir una sola cosa era un signo de inmadurez. Que reinventarme tantas veces hablaba de inestabilidad o de no encajar del todo.
Hasta que entendí que mi naturaleza es el movimiento. Y abrazar esa verdad me dio algo que antes no tenía: claridad y calma.
Soy alguien que se transforma, que cambia de piel, que se reinventa muchas veces. Y en cada reinvención aparece un hilo conductor: la autenticidad.
Ahí encontré una palabra que me abrazó: multipotencial.
No como etiqueta, sino como permiso.
Ser multipotencial no es no tener foco. Es integrar distintos saberes, etapas y versiones. Permitir que lo vivido se mezcle, se transforme y dé lugar a algo nuevo. No quedar atrapada en una sola definición de mí misma. Entender que la coherencia no está en un título, sino en la forma en que honro mi esencia en cada paso.
Tengo más de cuarenta años y no sé qué va a ser de mí de acá a cinco años. Y no sé si “está bien” según los parámetros de siempre, pero sí sé que yo me siento bien con eso. Porque mi certeza no está en un plan rígido ni en un rol futuro, sino en la coherencia de vivir en sintonía con quien soy hoy.
Mi vida es un laboratorio constante de cambios externos e internos, de decisiones simples y valientes, de pausas elegidas, de saltos sin garantías y una bitácora siempre a mano.
Por eso hoy quiero preguntarte algo a vos:
¿Qué pasaría si te permitieras cambiar de rumbo?
¿Si soltaras la idea de que todo tiene que estar definido?
¿Si confiaras un poco más en ese movimiento interno que ya empezó, aunque todavía no lo hayas contado?
A veces, no saber es exactamente el espacio donde empieza lo nuevo.
Ese terreno blando, movedizo, lleno de dudas, también es una puerta.
Yo no sé dónde voy a estar en cinco años. Y quizá vos tampoco.
Pero sí podemos elegir algo: seguir caminando hacia lo que nos enciende, permitir que la vida nos transforme y dejar que la sorpresa haga su trabajo.
Un cambio de rumbo no es una crisis.
Es una puerta hacia algo nuevo.
Y a veces, la única forma de abrirla…es atreviéndonos a no saber qué hay más allá.
Cariños,
Ana
Un alma en constante movimiento.
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