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Dejé de escribir un libro, para empezar a sentirme escritora

Confundía lo que hacía con lo que era. Creía que para “ser escritora” tenía que cumplir ciertas condiciones: publicar, ser reconocida, tener una formación, construir un perfil. Entonces lo dejaba en un lugar seguro. Escribía, pero no lo habitaba completamente.

Dejé de escribir un libro, para empezar a sentirme escritora

Durante mucho tiempo escribí en silencio.
Como si fuera sólo un hobby.
Como si no mereciera ser tomado en serio.

Escribo desde hace más de 25 años y, sin embargo, nunca estudié para ser escritora.
No tengo un título que lo valide. Y durante mucho tiempo, eso fue suficiente para no nombrarme como tal.

Confundía lo que hacía con lo que era.
Creía que para “ser escritora” tenía que cumplir ciertas condiciones:
publicar, ser reconocida, tener una formación, construir un perfil.
Entonces lo dejaba en un lugar seguro. Escribía, pero no lo habitaba completamente.

Y sin embargo, si voy más atrás, algo de esa identidad siempre estuvo.

Tenía 13 años y me creí escritora.
No lo dudaba. No lo cuestionaba. Mientras todos dormían, yo me quedaba despierta. Silencio, luz tenue, un cuaderno y un diccionario de sinónimos al lado.
No había distracciones. Había presencia.
Escribía poemas, armaba lo que en ese momento llamaba mi “obra”, y cuando algo estaba listo lo pasaba a un cuaderno especial.
Completé tres.

Después crecí.
Llegaron otras prioridades, otros ritmos, otras exigencias. Y sin darme cuenta, me fui alejando de esa forma tan simple y directa de vincularme con la escritura.

No dejé de escribir, pero cambió el lugar.
Empezaron a ser fragmentos, textos más funcionales, palabras al servicio de algo.
Y también empezaron a aparecer las miradas externas. Algunas que acercaban y otras que incomodaban. “Me encanta leerte”, “qué lindo escribís”, pero también “sé más concreta”, “menos poesía”.

Ahí algo se tensó.

Porque lo que para mí era natural, empezó a sentirse como algo a corregir.

Y en medio de ese ruido, volví a verla. A la de 13. A la que no pedía permiso. A la que no necesitaba validarse en ningún lado.

Y apareció una pregunta: ¿por qué no?

Tiempo después, cuando decidí escribir mi primer libro, ese conflicto volvió a aparecer con fuerza. La idea de “estar escribiendo un libro” se volvió grande, pesada, expuesta. Y me bloqueé.

Tenía la idea clara. El mensaje. Incluso una estructura.
Pero me sentaba frente a la hoja en blanco y no podía escribir.

Empecé a procrastinar de formas muy sutiles. Ordenaba carpetas, revisaba archivos, releía notas. Abría documentos nuevos que no terminaba. Los cerraba. Como si estuviera haciendo todo… menos escribir.

El miedo me perseguía.

Hasta que un día hice un clic.
No era falta de ideas. Era presión.
La presión de “estar escribiendo un libro”.

Un libro, en mi cabeza, sonaba a algo definitivo. Grande. Expuesto. Juzgable.
Y eso me paralizaba.

Entonces tuve una conversación conmigo. Una especie de acuerdo interno, entre la parte que quería escribir y la parte que tenía miedo.

Entonces dejé de decirme que estaba escribiendo un libro.
Y empecé a entender que estaba creando una experiencia.

Una experiencia que podía tener historias, reflexiones, fragmentos, poemas, ideas sueltas, incluso dinámicas. Todo lo que soy. Sin tener que encajar en una forma rígida.

Y cuando eso cambió, también cambió mi vínculo con la hoja.

Dejó de ser una amenaza.
Volvió a ser un espacio.

Hoy no me nombro escritora por lo que logré, ni por lo que falta. Me nombro escritora porque escribo, porque sostengo ese vínculo, porque dejé de esconderlo.

Y más allá de la escritura, el bloqueo no siempre tiene que ver con no poder.
Muchas veces tiene que ver con exigirnos demasiado.

Con intentar hacerlo como “debería ser”, en lugar de permitirnos hacerlo como somos.

Y quizás no se trata tanto de convertirse en algo, sino de animarse a reconocer lo que ya está.

A veces lo más desafiante no es empezar, sino dejar de postergar eso que, en el fondo, ya sabemos.


¿Hay algo en vos que está esperando ese movimiento?


Cariños,
Ana
Un alma en constante movimiento.

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